De las señales del destino: el día que supe que iba a ser actor

El puñetazo de lo inevitable

Cómo un folleto, una pizza y un golpe invisible cambiaron mi vida

Hasta muchos años después fue que creí en las señales del destino, esos momentos que te guían sin esperarlo. Tuve que dar muchas vueltas en mi vida, o más bien la vida tuvo que darme muchas vueltas.

Desde niño quise ser muchas cosas: veterinario, misionero, arqueólogo, paleontólogo, científico, médico, escritor, abogado, cura, dibujante de cómics, viajero… Lo mío era la imaginación desatada y la pasión por descubrir mundos nuevos. Cada semana una vocación. Cada año, una nueva obsesión.

Rubén Zamora de niño junto a su perro Sargento, un indicio de las señales del destino que lo llevarían a ser veterinario... no, actor.
Yo de niño, con mi primer mejor amigo. En aquel entonces soñaba con ser veterinario, sin saber las vueltas que me daría el destino.

Hasta que llegaron la física, la química, las matemáticas y el latín. Y ahí se torció todo.

Con tres materias pendientes y la Selectividad a la vista, fui a mi antiguo instituto en busca de orientación académica. Mientras esperaba a la psicóloga que era la encargada de dar este tipo de infotrmacion, me puse a hacer lo de siempre: leer cualquier cosa que tuviera letras.

Y entonces pasó.

Un folleto de la Escuela Navarra de Teatro cayó en mis manos.

Actuación. Entrenamiento actoral. Técnicas escénicas.

¡PUM!

Un puñetazo invisible me atravesó el pecho. No figurado. Real. Físico. Me tambaleé justo cuando la psicóloga regresaba a la sala.

—Aquí los tienes —me dijo agitando unos papeles.

—No, voy a ser actor —le dije.

Y me fui con el folleto en alto como si acabara de ganar un Oscar.

El día que Los Simuladores me eligieron a mí

¿Qué había pasado? ¿Quién me había golpeado?

No lo supe, y eso que diez años después, me pasó exactamente lo mismo.

Más de una década después, ya como actor profesional, vivía en Buenos Aires. Estaba con mi amigo Marcelo en una pizzería de Corrientes, y le hice una pregunta.

¿Qué es eso de Los Simuladores?

No tenía televisión cuando se estrenó en Argentina. No sabía lo que era. Pero todo Argentina se quedaba paralizada los jueves en la noche y yo no podía quedar con nadie. Cuando escuché la descripción que me dió mi amigo —una mezcla de Misión Imposible con Los Magníficos— sentí ese otro puñetazo en el pecho, inconfundible.

¡PUM!

Sí, el mismo puñetazo en el pecho. Otra vez.

Lo señalé con el dedo lleno de queso:

—¡Yo voy a hacer eso!

Marcelo se rió:

—Sos un boludo. Eso ya existe. Se llama Los Simuladores. ¡ Y van por la segunda temporada!

No sabía cómo ni cuándo, pero lo supe: yo iba a hacer esa serie. Iba a interpretar a uno de Los Simuladores.

No era un plan ni un objetivo, sino algo diferente.

Cuando el destino cambia tu vuelo

(y tu vida)

Yo estaba de regreso en México, pero con los días contados. Me iba a vivir al otro lado del mundo.

Mis planes eran viajar por Australia, China e India, quedarme un par de años en cada lugar, actuar como pudiera o como me dejaran (porque ni chino, ni hindi, ni inglés, pero yo… pa’lante, como los de Alicante).

Me había preparado durante todo un año. Tenía el boleto, el dinero ahorrado, las maletas hechas y casi todas mis cosas regaladas.

Apenas me quedaban dos semanas para despedirme de mi México.

Y entonces, ocurrió.

Me ofrecieron hacer aquello que tres años antes supe que iba a hacer.

Me ofrecieron hacer el remake mexicano de Los Simuladores.

El mismo proyecto.

Lo que Marcelo me había dicho que era imposible.

¿Qué posibilidades había de que, entre cientos, entre miles de series en el mundo, que alguien decidiera hacer en México el remake de… Los Simuladores?

La misma serie por la que le había preguntado a Marcelo años antes.

La misma serie.

El mismo proyecto que me había golpeado el pecho en aquella pizzería.

Señales del destino.

Esa fue la segunda certeza. Y la segunda vez que supe —como se saben algunas cosas— que no hay vuelta atrás cuando el cuerpo y el alma te dan una señal así.

¡PUM!

Puñetazo en el pecho.

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