Ser otro

Rubén Zamora Equert, actor y escritor… o cómo hacer de la crisis de identidad un trabajo estable.

Llevo casi tres décadas en esto. Y cuando digo “esto”, no me refiero a un oficio, ni a una industria, ni a una carrera. Me refiero a ese lugar donde uno desaparece para encarnar lo que arde. A ese espacio exacto donde el cuerpo, la palabra y la emoción se alinean, aunque sea por unos minutos, con algo más grande que uno.

He actuado en tres continentes, en más de una docena de países, en escenarios mínimos y sets enormes. Me han dirigido, he dirigido, he escrito, y también he callado. He disfrutado de los silencios mágicos que a veces ocurren en escena. He vivido vidas que no eran mías y, sin embargo, habría podido ser yo si las circunstancias hubieran sido otras. He transitado personajes que me enseñaron mucho, y en ese recorrido también se curaron cosas. He tenido la suerte de trabajar mucho y también de parar a mirar, para crecer desde otro lugar. Y en ese mirar, entendí que actuar no es fingir. Es vivir otras posibilidades.

Lo demás —la trayectoria, los premios, las series, las películas— viene después.
Por eso quema.
Por eso arde.
Por eso sigo.

Una vez, alguien me dijo que yo era escritor. Me reí. No le creí ni tantito.
Tuvo que pasar algo más profundo: que yo me lo creyera.

Relatos de tierra, viento y escamas no tenía que haber salido.
Apareció sin pedir permiso.
Y se trajo un lío encima: esta web que me tiene loco, un booktráiler que me encanta —pero no sé si funciona—, un montón de trabajo que no se acaba nunca.
También se trajo mis noches en vela, mis crisis de “¿esto para qué sirve?”, mis idas y mis vueltas. Mis mapas. Mis nudos.

Pero, sobre todo, arrastró con él a una cantidad absurda de gente hermosa, generosa, luminosa, que se metió en esto sin saber que iba a quedarse… y lo ha arropado como si fuera suyo.

Y es que ya no es solo mío.
No del todo.
Ni siquiera mucho.

Esto se volvió más grande de lo que pensé. Y más verdadero, también.
No nació de un plan maestro.
Nació de esas ganas tercas de hacer algo aunque no sepas bien el qué.
De amor, supongo.
Y de una fe ciega, rebelde, que no pidió permiso y no piensa dar marcha atrás.

relatos de tierra, viento y escamas

Una vez, mientras leía un libro, me detuve de golpe y pensé:
Algún día viviré en Buenos Aires, como este personaje.
Y, años más tarde, lo hice. Viví dos años allí.

Así me pasa.
Lo he hecho muchas veces.
Y así, muchas veces también, he podido poner cosas en mi agenda. Algunas, muy raras.

Leer no solo te hace viajar.
Te ayuda a decidir adónde vas.

Otra vez, hace como dieciocho años, terminé un libro, me quedé callado y pensé:
Algún día terminaré un libro que me haya gustado tanto como este.
Sonreiré y diré: y lo he escrito yo.

Desde ese pensamiento hasta que terminé el manuscrito —uno bastante malo, por cierto— pasó un año.
Y luego cinco más para retomarlo y reescribirlo.
Y otros seis para publicarlo.
Doce años, en total.

Y un día lo leí.
Lo terminé.
Lo cerré.
Y dije: “Me gustó. ¡Guau!… Y sí, lo escribí yo.”

Ese libro era Sobreviviéndome.

Ya tengo escrita una segunda parte: Mañana, cuando sigamos vivos.
Y una tercera que vendrá como propósito de año nuevo.

Los tres forman la trilogía Los hijos del fin del mundo.

Sobreviviéndome

Los hijos del fin del mundo parte i

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Imagen de estudio del actor y escritor mexicano y español. Rubén Zamora. Fotografía de archivo.